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expresaba su ansiedad y preocupación por Marianne y la llamaba a soportar con entereza su desgracia. ¡Terrible debía ser en verdad la aflicción de Marianne, cuando su madre podía hablar de entereza! ¡Qué vejatorio y humillante debía ser el origen de sus lamentos, para que la señora Dashwood no quisiera verla abandonándose a ellos!

      En contra de sus propios intereses y conveniencia, la señora Dashwood había decidido que, entonces, convendría más a Marianne estar en cualquier lugar menos en Barton, donde todo lo que su vista alcanzaba le recordaría intensa y dolorosamente el pasado, al hacerle presente en todo instante a Willoughby tal como allí lo había conocido. Así, les recomendó a sus hijas que por ningún motivo acortaran su visita a la señora Jennings, pues aunque nunca habían fijado con exactitud su duración, todos esperaban que abarcaría al menos cinco o seis semanas. Allí no podrían evitar las distintas ocupaciones, los proyectos y la compañía que Barton no les podía ofrecer y que, según esperaba, podrían de vez en cuando lograr que Marianne, sin estar en el caso, se interesara por algo más allá de ella misma e incluso se divirtiera un poco, por mucho que ahora rechazara menospreciando ambas posibilidades.

      En cuanto al peligro de encontrarse de nuevo con Willoughby, su madre opinaba que Marianne estaba tan a salvo en la ciudad como en el campo, dado que nadie entre quienes se consideraban sus amigos lo admitiría ahora en su compañía. Nadie, expresamente, haría que se cruzaran sus caminos; por descuido, nunca estarían expuestos a una sorpresa; y el azar tenía menos probabilidades de suceder entre la muchedumbre de Londres que en el aislamiento de Barton, donde podría imponerle a ella la presencia del joven durante la visita de este a Allenham con ocasión de su enlace, un hecho que la señora Dashwood había considerado en un principio como probable, y que ahora había llegado a esperar como cierto.

      Tenía todavía otro motivo para desear que sus hijas permanecieran donde estaban: una carta de su hijastro le había comunicado que él y su esposa estarían en Londres antes de mediados de febrero, y ella consideraba correcto que vieran de vez en cuando a su hermano.

      Marianne había prometido dejarse guiar por los consejos de su madre y se sometió entonces a ellos sin peros, a pesar de ser por completo diferente a lo que ella deseaba o esperaba y aunque la creía un perfecto error basado en razones equivocadas; un error que, además, al recomendarle la permanencia en Londres, la privaba del único consuelo posible a su miseria —la íntima compasión de su madre— y la condenaba a una compañía y a situaciones que le impedirían conocer ni un solo instante de tranquilidad.

      Sin embargo, constituyó un gran consuelo para Marianne el hecho de que aquello que le hacía daño significara un bien para su hermana; y Elinor, por su parte, sospechando que no dependería de ella evitar completamente a Edward, se tranquilizó pensando que aunque la prolongación de su permanencia en Londres atentaría contra su propia felicidad, sería mejor para Marianne que una precipitada vuelta a Devonshire.

      Su cuidado en proteger a su hermana de escuchar el nombre de Willoughby no fue inútil. Marianne, aunque sin saberlo, cosechó todos sus frutos; pues ni la señora Jennings, ni sir John, ni siquiera la misma señora Palmer, lo sacaron a relucir jamás frente a ella. Elinor deseaba que igualmente se hubieran abstenido de hacerlo en su presencia, pero tal cosa era inevitable, y así se veía obligada a escuchar día tras día las manifestaciones de indignación de todos ellos.

      Sir John no lo habría creído posible. “¡Un hombre de quien siempre había tenido tantos motivos para confiar en él! ¡Un muchacho de tan buenas maneras! ¡No creía que hubiera un jinete mejor en toda Inglaterra! Era algo inexplicable. Deseaba de todo corazón verlo en el infierno. ¡Jamás le dirigiría ya la palabra, en ningún lugar donde lo encontrara, por nada del mundo! No, ni siquiera si se lo encontrara en el albergue de Barton y tuvieran que quedarse esperando dos horas juntos. ¡Ese malvado! ¡Ese perro malnacido! ¡Tan solo la última vez que se habían encontrado, había ofrecido darle uno de los cachorros de Folly! ¡Pues no! ¡Con esto se acababa todo!”.

      A su manera, la señora Palmer estaba también furiosa. “Estaba decidida a romper de inmediato toda relación con él, y agradecía al cielo no haberlo conocido nunca. Deseaba con todo el ánimo que Combe Magna no estuviera tan cerca de Cleveland; pero no tenía importancia, porque estaba demasiado lejos para visitas; lo odiaba tanto que estaba decidida a no pronunciar jamás su nombre, y le diría a todos los que viera que era un sinvergüenza”.

      El resto de la adhesión de la señora Palmer a la causa de Marianne se traslucía en procurarse todos los pormenores posibles sobre la próxima boda, y transmitirlas a Elinor. Pronto pudo saber qué carrocero estaba construyéndoles su nuevo coche, quién estaba pintando el retrato del señor Willoughby y en qué tienda podía admirarse las ropas de la señorita Grey.

      La tranquila y cortés despreocupación de lady Middleton constituía en estas circunstancias un grato bálsamo para el espíritu de Elinor, abrumado como frecuentemente estaba por la bullanguera compasión de los demás. Era un lenitivo para ella la seguridad de no despertar ningún interés en al menos una persona de su círculo de amistades; un descanso saber que había alguien que estaría con ella sin sentir curiosidad alguna sobre las minucias, ni ansiedad por la salud de su hermana.

      Suele ocurrir que las circunstancias del momento lleven a otorgar a cualquier atributo más valor que el que realmente tiene; y así sucedía que a veces tanta afanosa conmiseración fastidiaba a Elinor hasta llevarla a calificar la buena educación como más importante para la tranquilidad que el buen corazón.

      Lady Middleton manifestaba su parecer sobre el asunto entre una y dos veces al día, si el tema salía a relucir con alguna reiteración, diciendo: “¡Qué cosa tan terrible, en verdad!”, y mediante este continuo aunque suave desahogo, no solo fue capaz de ir a ver a las señoritas Dashwood desde un comienzo sin la menor emoción, sino que muy pronto sin recordar siquiera una palabra de todo el asunto; y habiendo defendido así la honradez de su propio sexo y censurado decididamente lo que estaba mal en el otro, se sintió en libertad de proteger los intereses de su grupo, por lo que decidió (aunque algo en contra de la opinión de sir John) que, como la señora Willoughby sería una mujer elegante y rica a la vez, le dejaría su tarjeta tan pronto como se hubiera casado.

      Las delicadas y siempre prudentes pesquisas del coronel Brandon nunca eran mal recibidas por la señorita Dashwood. Con el amistoso celo con que se había esforzado en sosegarlo, se había ganado profusamente el privilegio de discutir de manera íntima el desengaño de su hermana, y siempre conversaban con total confianza. La principal recompensa del coronel por el penoso esfuerzo de revelar sufrimientos pasados y humillaciones actuales, era la compasiva mirada con que Marianne solía observarlo y la dulzura de su voz siempre que se veía obligada (aunque ello no ocurría con frecuencia) o se obligaba a hablarle. Eran estas cosas las que le aseguraban que con su esfuerzo había logrado aumentar la buena disposición hacia él, y las que permitían a Elinor esperar que dicha buena disposición se incrementara todavía más; pero la señora Jennings, ignorando todo esto, y sabiendo únicamente que el coronel continuaba tan serio como siempre y que no podía persuadirlo de hacer él mismo su proposición de matrimonio ni de encargársela a ella, al cabo de dos días comenzó a pensar que, en vez de para mediados del verano, no habría boda entre ellos sino hasta la fiesta de san Miguel, y al final de la semana ya pensaba que no habría boda de ningún modo. El buen entendimiento entre el coronel y la mayor de las señoritas Dashwood más bien llevaba a concluir que los honores de la morera, de la canaleta y de la glorieta bajo el tejo, todos le corresponderían a esta; y, por un tiempo, la señora Jennings dejó de pensar en el señor Ferrars.

      A primeros de febrero, antes de transcurridas dos semanas desde la llegada de la carta de Willoughby, Elinor debió hacerse cargo de la ardua tarea de informar a su hermana de que él se había casado. Se había preocupado de que le transmitieran a ella la noticia apenas se supiera que la ceremonia había tenido efecto, pues deseaba evitar que su hermana se enterara de ello por los periódicos, que la veía examinar con detalle cada mañana.

      Marianne recibió la noticia con absoluta tranquilidad; no hizo ninguna observación sobre ello y primero no derramó ninguna lágrima; pero tras un corto espacio estalló en llanto, y por el resto del día permaneció en un estado apenas menos penoso que cuando se enteró de que debía

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