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unido a la virtud que ningún otro sentimiento. Pero ninguno de los dos somos consecuentes; y en su conducta hacia mí, había impulsos incluso más fuertes que el orgullo.

      —¿Es posible que un orgullo tan abominable como el suyo le haya impulsado en alguna ocasión a hacer algún bien?

      —Sí; le ha llevado en muchas ocasiones a ser liberal y generoso, a dar su dinero a manos llenas, a ser hospitalario, a ayudar a sus colonos y a socorrer a los pobres. El orgullo de familia, su orgullo de hijo, porque está muy orgulloso de lo que era su padre, le ha hecho actuar de esta forma. El deseo de demostrar que no desmerecía de los suyos, que no era menos querido que ellos y que no echaba a perder la influencia de la casa de Pemberley, fue para él un poderoso acicate. Tiene también un orgullo de hermano que, junto a algo de afecto fraternal, le ha convertido en un amabilísimo y solícito custodio de la señorita Darcy, y oirá decir frecuentemente que es valorado como el más atento y mejor de los hermanos.

      —¿Qué clase de muchacha es la señorita Darcy?

      Wickham realizó un gesto significativo.

      —Quisiera poder decir que es encantadora. Me da lástima hablar mal de un Darcy. Pero ahora se parece demasiado a su hermano, es muy orgullosa. De niña, era muy cariñosa y complaciente y me tenía un gran cariño. ¡Las horas que he pasado entreteniéndola! Pero ahora me da igual. Es una atractiva muchacha de quince o dieciséis años, creo que muy bien educada. Desde la muerte de su padre vive en Londres con una institutriz.

      Tras muchos silencios y muchas tentativas de hablar de otros temas, Elizabeth no pudo soslayar regresar a lo primero, y dijo:

      —Lo que me sorprende es su amistad con el señor Bingley. ¡Cómo puede el señor Bingley, que es el buen humor en persona, y es, estoy convencida, amable a más no poder, tener alguna relación con un hombre como el señor Darcy? ¿Cómo pueden congeniar? ¿Conoce usted al señor Bingley?

      —No, no lo conozco.

      —Es un hombre encantador, cortés, de carácter dulce. No debe saber cómo es en realidad el señor Darcy.

      —Quizás no; pero el señor Darcy sabe cómo agradar cuando le es necesario. No necesita esforzarse. Puede ser una compañía de atractiva conversación si cree que le merece la pena. Entre la gente de su alcurnia es muy distinto de como es con los inferiores. El orgullo no le abandona nunca, pero con los ricos adopta una mentalidad liberal, es justo, sincero, razonable, honrado e incluso agradable, debido en parte a su fortuna y a su prestancia.

      Poco después finalizó la partida de whist y los jugadores se reunieron alrededor de la otra mesa. Collins se situó entre su prima Elizabeth y la señora Philips. Esta última le hizo las preguntas que se acostumbraban sobre el resultado de la partida. No fue espectacular; había perdido todos los puntos. Pero cuando la señora Philips empezó a consolarle, Collins le aseguró con la mayor gravedad que no tenía ninguna importancia y que para él el dinero era lo de menos, suplicándole que no se angustiase por ello.

      —Sé muy bien, señora —le dijo—, que cuando uno se sienta a una mesa de juego ha de someterse al azar, y por suerte no estoy en circunstancias de tener que preocuparme por cinco chelines. Seguro que hay muchos que no puedan decir lo mismo, pero gracias a lady Catherine de Bourgh estoy lejos de tener que prestar importancia a tales menudencias.

      A Wickham le llamó la atención, y después de observar a Collins durante unos minutos le preguntó en voz baja a Elizabeth si su pariente era amigo de la familia de Bourgh.

      —Lady Catherine de Bourgh le ha concedido hace poco una rectoría —respondió—. No sé muy bien quién los presentó, pero no hace mucho tiempo que la conoce.

      —Supongo que sabe que lady Catherine de Bourgh y lady Anne Darcy eran hermanas, y que, por consiguiente, lady Catherine es tía del actual señor Darcy.

      —No, ni idea; no sabía nada de la familia de lady Catherine. No tenía noción de su existencia hasta hace dos días.

      —Su hija, la señorita de Bourgh, heredará una impresionante fortuna, y se comenta que ella y su primo unirán las dos haciendas.

      Esta noticia hizo sonreír a Elizabeth al pensar en la pobre señorita Bingley. En vano eran, pues, todas sus atenciones, en vano e inútil todo su afecto por la hermana de Darcy y todos los elogios que de él formulaba si ya estaba destinado a otra.

      —El señor Collins —dijo Elizabeth— habla muy bien de lady Catherine y de su hija; pero por algunos detalles que ha contado de Su Señoría, sospecho que la gratitud le coloca una venda en los ojos y que, a pesar de ser su protectora, es una mujer orgullosa y engreída.

      —Creo que, en efecto, es ambas cosas, y en grado sumo —respondió Wickham—. Hace muchos años que no la veo, pero recuerdo que nunca me satisfizo y que sus modales eran autoritarios y arrogantes. Tiene fama de ser juiciosa e inteligente; pero me da la sensación de que parte de sus cualidades se derivan de su rango y su fortuna; otra parte, de su tiranía, y el resto, del orgullo de su sobrino que cree que todo el que esté relacionado con él tiene que poseer una inteligencia superior.

      Elizabeth reconoció que la había retratado a la perfección, y siguieron charlando juntos hasta que la cena puso fin al juego y permitió a las otras señoras participar de las deferencias de Wickham. No se podía entablar una conversación, por el jaleo que armaban los comensales del señor Philips; pero sus modales encantaron a todo el mundo. Todo lo que decía estaba bien dicho y todo lo que hacía estaba bien hecho. Elizabeth se fue prendada de él. De vuelta a casa no podía pensar más que en el señor Wickham y en todo lo que habían hablado; pero durante todo el camino no le dieron ocasión ni de mencionar su nombre, ya que ni Lydia ni el señor Collins se callaron un instante. Lydia no paraba de referirse a la lotería, de lo que había perdido, de lo que había ganado; y Collins, con ensalzar la hospitalidad de los Philips, asegurar que no le habían importado nada sus pérdidas en el whist, enumerar todos los platos de la cena y repetir una y otra vez que temía que por su culpa sus primas fuesen apretadas, tuvo más que decir de lo que habría podido antes de que el carruaje se detuviera delante de la casa de Longbourn.

      Capítulo XVII

      Al día siguiente Elizabeth le explicó a Jane todo lo que habían hablado Wickham y ella. Jane escuchó con asombro e interés. No podía creer que Darcy fuese tan indigno de la estimación de Bingley; y, sin embargo, no se atrevía a dudar de la veracidad de un hombre de apariencia tan afable como Wickham. La mera posibilidad de que hubiese sufrido semejante crueldad era suficiente para avivar sus más tiernos sentimientos; de modo que no tenía otra salida que no pensar mal ni del uno ni del otro, defender la conducta de ambos y atribuir a la casualidad o al error lo que de otro modo no tendría ninguna explicación.

      —Tengo la impresión —decía— de que ambos han sido estafados, son personas, de algún modo defraudados por algo que nosotras no podemos adivinar. Quizás haya sido gente interesada en falsear las cosas la que los enfrentó. En fin, no podemos elucubrar las causas o las circunstancias que los han separado sin que ni uno ni otro sean culpables.

      —Tienes mucha razón; y dime, mi querida Jane: ¿Qué tienes que decir en favor de esa gente interesada que probablemente tuvo que ver en el asunto? Defiéndelos también, si no nos veremos obligadas a hablar mal de alguien.

      —Ríete de mí todo lo que te plazca, pero no me harás cambiar de opinión. Querida Lizzy, ten en cuenta en qué lugar tan vergonzoso sitúa al señor Darcy; tratar así al favorito de su padre, a alguien al que él había prometido darle un futuro. Es imposible. Nadie medianamente bueno, que tengan en algo el valor de su conducta, es capaz de obrar así. ¿Es posible que sus amigos más íntimos estén tan equivocados respecto a él? ¡Oh, no!

      —Creo que es más fácil que la amistad del señor Bingley sea impuesta que el señor Wickham haya inventado semejante historia con nombres, hechos, y que la cuente con tanta tranquilidad. Y si no es así, que sea el señor Darcy el que lo desmienta. Además, había sinceridad en sus ojos.

      —Es realmente difícil, es penoso. Uno no sabe a qué atenerse.

      —Perdona;

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