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pero también una educación práctica, que las haga más útiles para sí mismas y para sus familias, y les proporcione una seguridad en sí mismas, autoestima e, incluso, una incipiente autonomía. Los Centros de Formación Familiar y Social fueron unas primeras bases para lo que irá siendo el desarrollo de sus criterios y de su pensamiento.

      A partir de 1952, cuando es nombrada representante de la Acción Católica española en la Unión Mundial de Organizaciones Femeninas Católicas, UMOFC, comienza una etapa distinta en la que el conocimiento del mundo internacional supone un enriquecimiento en la reflexión y maduración de un pensamiento que no se queda ya en los problemas locales sino que pregona la necesidad de ampliar horizontes, porque los problemas son de toda la humanidad2. Hay también un cambio de vocabulario, que refleja esa evolución: sigue hablando de la necesidad de promoción y educación de la mujer, rechazando la situación de minoría de edad en la que se encuentran en la sociedad, pero ya, también, encontramos enunciado como objetivo de su actividad, el de la «liberación» de la mujer.

      En sus visitas a la ONU, a Unicef, y a otros organismos internacionales por razón de su cargo como presidenta de la UMOFC, que tiene estatuto consultivo en esas instituciones, y desde 1956, cuando se internacionaliza la Campaña contra el hambre, que será el origen de Manos Unidas, insiste en la necesidad de formar expertas que sepan resolver los problemas desde un punto de vista técnico, en la necesidad de estudio de los conocimientos profesionales y, también, de los conocimientos religiosos y en el estudio y el conocimiento de la teología, vedado en ese momento para las mujeres.

      Y Juan XXIII anuncia la convocatoria de un concilio de la Iglesia católica. Es un momento efervescente de los grandes teólogos católicos: Marie Dominique Chenu, Yves Congar, Henry de Lubac, Karl Rahner, y otros teólogos cristianos que elaboran la teología del laicado, de la Iglesia como pueblo de Dios, la definición del compromiso temporal, la paternidad responsable. Los cristianos se sienten concernidos y entusiasmados, porque es un diálogo en la igualdad, en la madurez, sin vetos jerárquicos que impidan hablar. La encíclica Pacem in terris presenta una Iglesia distinta, fraternal, en diálogo con el mundo, no temerosa de él. Y entre los «signos de los tiempos» que señala el Papa, el ascenso del papel social de las mujeres. Las Organizaciones Internacionales Católicas (OIC), que en ese momento preside Pilar, se alistan en esa nueva visión de la Iglesia y del mundo.

      Cuando el papa Pablo VI nombra a auditores y auditoras seglares para la reunión conciliar, parece que culmina el ciclo de la teología que ha estado preparando una nueva forma de Iglesia en la que las mujeres están en pie de igualdad, y sus problemas son contemplados con sensatez en esa perspectiva. Pilar narra con emoción esas sesiones, en las que participa activamente. Cuando escribe su reflexión sobre lo que significó para ella esa etapa, refleja los tres puntos que más la impactaron en su experiencia del Concilio: en primer lugar, la mujer en los textos conciliares y la perspectiva «apasionante» que despertó sobre la responsabilidad y sobre el protagonismo del seglar en la Iglesia (p. 231). Un segundo punto es la dimensión ecuménica y el tercero, la importancia de la iniciativa privada en la Iglesia, es decir, la importancia de las OIC3.

      Después llegaron las comisiones y el encargo de informes para poner en práctica las directrices del Concilio. Pilar participó en varias, con diferentes resultados, casi todos frustrados. La UMOFC organizó un coloquio en París, en abril de 1969, para hacer una aportación a la Comisión de revisión del Código de Derecho Canónico para que este considere a las mujeres como iguales en dignidad, responsabilidad y autonomía en la Iglesia. El Memorándum que confeccionaron nunca obtuvo respuesta del Vaticano.

      También trabajó intensamente para que las OIC conservaran su autonomía e independencia, y no fueran a integrar una institución más de la Curia, es decir, sometidas a la autoridad y al control eclesiástico en sus decisiones, quitándoles su autonomía.

      Y, por último, y sobre todo, de mayor importancia, Pilar fue nombrada miembro de la Comisión Pontificia sobre la Mujer en la Iglesia, encargada por Pablo VI. Trabajó en ella de manera activa y apasionada pero no pudo conseguir el objetivo de reflexión y renovación que se pretendía.

      Todas estas frustraciones, que indudablemente tuvieron que afectarla muy dolorosamente, no consiguieron desanimarla en su amor por la Iglesia, su fe en Jesús y su vocación de servicio al mundo religioso.

      «Las mujeres se preguntan por qué la gran fuerza liberadora del Evangelio ha estado en el curso de la historia tan condicionada y contenida. Por qué la actitud de Jesús con las mujeres y con todos los oprimidos, actitud verdaderamente revolucionaria en su tiempo, tan significativa y luminosa, ha perdido su fuerza y su significado en el curso de los siglos»4.

      Además del brusco parón a esas iniciativas, llega también el relevo en las instituciones internacionales, lo que la afecta de manera directa, pero Pilar encuentra un nuevo camino para su acción de evangelización y para el desarrollo de su pensamiento cristiano. Dedica entonces su esfuerzo al Foro Ecuménico de mujeres, institución que había nacido a raíz del Concilio, con el encuentro de mujeres de diferentes confesiones cristianas.

      El momento político en España está muy vivo. Y ella se siente concernida por la necesidad de actuar y posibilitar un gobierno democrático en nuestro país. Se adscribe a un partido político, todavía en la clandestinidad, con su amigo y compañero Joaquín Ruiz Giménez, en lo que será Izquierda Democrática.

      En la explicación que se le solicita y que da acerca del porqué de esa última decisión de participar en la vida política, encontramos de nuevo, y más detalladamente, su motivación religiosa:

      «He llegado, pues a la política y la política es para mí algo muy serio. Es un mundo totalmente distinto al que he vivido hasta hace poco. Lo primero que tengo que aprender es que hay “otros” que piensan distinto de mí. Esto no quiere decir que abdique de mis principios, pero sí que no puedo imponerlos a otros que no piensan como yo. Voy a actuar de acuerdo con mi conciencia, y mi conciencia es cristiana»5.

      Si buscamos hoy en día la huella de todas esas actitudes y acciones, en nuestra visión actual de la religión y de la Iglesia, podemos ver en el pensamiento y la acción de Pilar Bellosillo la simiente precursora de un pensamiento que ha tomado derroteros distintos de los que ella y sus coetáneos previeron.

      El papa Francisco ha retomado algunos de esos problemas y los ha reincorporado a los temas en revisión, en concreto, el de la mujer en la Iglesia.

      Sería interesante poner en paralelo las iniciativas del Concilio y de Pilar, y la situación actual de la Iglesia del siglo XXI. Posiblemente no es difícil ver en ese relato las dificultades de la relación de la sociedad actual con la Iglesia.

      En suma, Pilar Bellosillo participó en el proyecto de la construcción de una nueva Iglesia más fraternal, que se sienta partícipe de los problemas del mundo moderno y de la necesidad de abordarlos como problemas de toda la humanidad, entendiendo y respetando la pluralidad de posturas y creencias en la Iglesia. Su fe, su postura y su impulso, se condensan en estas frases:

      «Iglesia de Cristo, ¡cuánto te queremos!

      Y te deseamos permanentemente joven y hermosa, “habitada” por Él, que te hace fecunda.

      Te queremos pobre, despojada de todo poder.

      Te queremos libre, para que puedas tú, también, ser libertad.

      Y damos gracias al Señor, porque ya, en muchas regiones del mundo eres Iglesia de pobres y de creyentes... Iglesia mártir.

      Te queremos proclamadora de la Palabra.

      Te queremos misterio de comunión, sacramento de salvación.

      Te queremos reveladora y “desveladora” del mundo, del que es Luz de gentes, Jesucristo el Señor.

      El único que salva»6.

      Teresa Rodríguez de Lecea,

      diciembre de 2020

      1

      Marco

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