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      1984

      1984 (1949) George Orwell

      Editorial Cõ

      Leemos Contigo Editorial S.A.S. de C.V.

      [email protected]

      Edición: Febrero 2022

      Imagen de portada: Rawpixel

      Traducción: Benito Romero

      Prohibida la reproducción parcial o total sin la autorización escrita del editor.

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       Primera parte

      

      I

       I

      Era un día de abril brillante y frío, los relojes marcaban las trece horas. Winston Smith, con la barbilla encajada en su pecho en un esfuerzo por escapar del viento espantoso, atravesó de prisa las puertas de vidrio de las Mansiones Victoria, aunque no lo bastante rápido para evitar que un remolino de polvo y arena entrara junto con él.

      El vestíbulo olía a coles cocidas y a viejas alfombras harapientas. En la pared de un extremo, habían clavado con tachuelas un cartel a colores. Exhibía un rostro enorme, de más de un metro de ancho: la cara de un hombre de unos cuarenta y cinco años, con un bigote negro y poblado y rasgos duros y atractivos. Winston se dirigió a las escaleras. No tenía caso probar el elevador. Incluso en los mejores momentos rara vez funcionaba y en la actualidad cortaban la corriente eléctrica durante el día. Era parte de la iniciativa sobre energía en preparación para la Semana del Odio. El apartamento estaba siete niveles arriba y Winston, que tenía treinta y nueve años y una úlcera varicosa cerca del tobillo derecho, ascendía lentamente, descansando varias veces durante el trayecto. En cada descansillo, frente al hueco del elevador, el cartel con el rostro enorme observaba desde la pared. Era una de esas imágenes tan ingeniosas que los ojos lo seguían a uno cuando se movía.

      EL GRAN HERMANO TE VIGILA, decía la leyenda bajo el cartel.

      Dentro del apartamento, una voz pastosa leía una lista de cifras relacionadas con la producción de hierro en barras. La voz provenía de una placa metálica rectangular parecida a un espejo borroso que formaba parte de la superficie del muro del lado derecho. Winston movió un interruptor y la voz descendió de algún modo, aunque todavía se distinguían las palabras. El instrumento (lo llamaban telepantalla) podía atenuarse, pero no podía apagarse del todo. Se acercó a la ventana: una figura pequeña y frágil, con la flaqueza de su cuerpo apenas perceptible debido al mono azul que era el uniforme del partido. Su cabello era muy rubio, su rostro era de naturaleza sanguínea, su piel curtida por el jabón corriente y las navajas de afeitar desafiladas, al igual que por el frío del invierno que acababa de terminar.

      En el exterior, incluso a través de la ventana cerrada, el mundo parecía frío. Abajo, en la calle, pequeños remolinos lanzaban polvo y papeles rasgados en espirales, y aunque el sol brillaba y el cielo tenía un color azul intenso, parecía que nada tenía color, excepto los carteles pegados por todas partes. La cara-con-el-bigote-negro atisbaba desde todos los lugares dominantes. Había uno en la casa de enfrente. EL GRAN HERMANO TE VIGILA, decía la leyenda, mientras los ojos oscuros se hundían en la mirada de Winston. Al nivel de la calle, otro cartel, roto en una esquina, ondeaba a rachas y cubría y descubría la palabra SOCING. A la distancia, un helicóptero pasaba rozando los techos, revoloteaba como un moscardón y se lanzaba de nuevo en una trayectoria curva. Era la patrulla de la policía asomándose a las ventanas de las personas. Sin embargo, las patrullas no importaban. Sólo importaba la Policía del Pensamiento.

      A espaldas de Winston, la voz de la telepantalla todavía peroraba acerca del hierro en barras y el cumplimiento con creces del Noveno Plan Trienal. La pantalla recibía y transmitía al mismo tiempo. Podía captar cualquier sonido o movimiento que Winston hiciera, por encima del nivel de un murmullo muy bajo, mientras permaneciera dentro del campo de visión que dominaba la placa metálica. Por supuesto que no había un modo de saber si lo observaban en determinado momento. No se sabía con cuánta frecuencia o en cuál sistema la Policía del Pensamiento se conectaba con cualquier persona. Incluso existía la posibilidad de que observaran a todos todo el tiempo.

      Pero, en cualquier caso, podían enlazarse con uno cuando quisieran. Uno tenía que vivir —vivía, a partir de una costumbre que se volvió un instinto— bajo la suposición de que escuchaban cualquier sonido que uno producía y, excepto en la oscuridad, que examinaban a fondo todos los movimientos.

      Winston se mantuvo de espaldas a la telepantalla. Era más seguro, aunque también sabía que incluso una espalda puede revelar cosas. A un kilómetro de distancia, la torre del Ministerio de la Verdad, su lugar de trabajo, se destacaba enorme y blanca sobre el paisaje sucio. Esto era Londres, pensó con una especie de desagrado impreciso, la capital de la Pista de Aterrizaje Uno, la tercera provincia más poblada de Oceanía. Intentó extraer algún recuerdo de su niñez que le indicara si Londres siempre había sido así. ¿Siempre había tenido estas visiones de casas del siglo XIX a punto de derrumbarse, con sus costados apuntalados con vigas de madera, sus ventanas parchadas con cartón y sus techos con planchas de hierro corrugado, los muros de sus desordenados jardines desbordándose en todas direcciones? ¿Y los lugares bombardeados donde el polvo del enlucido flotaba en el aire y las primuláceas crecían en desorden sobre los montones de escombros; y los lugares donde las bombas habían despejado una zona más grande y habían aparecido sórdidas colonias de moradores de la madera como gallineros? Pero no tenía caso, no alcanza a recordar, no quedaba nada de su niñez, excepto una serie de escenas con luces brillantes que sucedían sin que él las convocara y, sobre todo, que eran incomprensibles.

      El Ministerio de la Verdad —Minverdad en Neolengua— era alarmantemente distinto a cualquier otro objeto a la vista. Era una enorme estructura piramidal de concreto blanco reluciente, que se elevaba, una terraza tras otra, 300 metros en el aire. Desde donde estaba parado Winston se podía leer, resaltado sobre la blanca superficie en letras elegantes, los tres lemas del partido:

       LA GUERRA ES PAZLA LIBERTAD ES ESCLAVITUDLA IGNORANCIA ES PODER

      Se decía que el Ministerio de la Verdad contenía trescientas habitaciones sobre el nivel del suelo, con sus correspondientes ramificaciones hacia abajo. Dispersos por Londres había otros tres edificios de aspecto y tamaño similares. Hacían parecer tan pequeña la arquitectura a su alrededor que desde el techo de las Mansiones Victoria se veían los cuatro al mismo tiempo.

      Alojaban los cuatro Ministerios entre los que se dividía todo el aparato gubernamental. El Ministerio de la Verdad se ocupaba de las noticias, el entretenimiento, la educación y las bellas artes. El Ministerio de la Paz, relacionado con la guerra. El Ministerio del Amor, que preservaba la ley y el orden. Y el Ministerio de la Abundancia, responsable de los asuntos económicos. Sus nombres, en neolengua, eran Minverdad, Minpaz, Minamor y Minabundancia.

      El Ministerio del Amor era espeluznante de verdad. No tenía ventanas en absoluto. Winston nunca había entrado al Ministerio del Amor, ni siquiera había llegado a medio kilómetro de él. Era imposible entrar a ese lugar, excepto para un asunto oficial y, en ese caso, sólo después de penetrar por un laberinto de vallas con alambre de púas, puertas de acero y nidos de ametralladoras ocultos. Incluso en las calles que conducían a sus barreras exteriores erraban guardias con rostros de gorila y uniformes negros, armados con porras articuladas.

      Winston se volvió abruptamente. Había puesto en sus rasgos la expresión de tranquilo optimismo que era recomendable usar al estar frente a la telepantalla. Atravesó la habitación hacia la pequeña cocina. Al salir del Ministerio a esta hora del día había sacrificado sus alimentos en el comedor y sabía que no había comida en la cocina, excepto un trozo de pan oscuro que debía guardar para el desayuno del día siguiente. Tomó de la alacena una

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