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      Lo que el 20 se llevó

      Carlos Velázquez / Alonso Pérez Gay

      Coordinadores

      Desde la mazmorra

      A year gone with the wind

      La realidad la escribe un guionista malaleche de Hollywood. Los dosmiles nos han puesto cada vapuleada. Donald Trump ganó la presidencia, un terremoto cimbró a la Ciudad de México y la trama de Doce monos se materializó. Un virus, el Covid-19 que ha diezmado la población mundial más rápido que las plagas de la diabetes, la hipertensión, el vih y la guerra contra el narco. Sólo en nuestro país han muerto más de 600 mil personas.

      El ideal romántico de un futuro de bienestar auspiciado por los avances tecnológicos se fue a la basura por culpa de la pandemia. Nos obligó a enfrentarnos a nuestras peores pesadillas. Aquellas que teníamos soterradas en lo más profundo de nosotros mismos, las que habitaban, como en una película de terror, en una casa embrujada que nos rehusamos a visitar. Aquellas que no convocamos ni siquiera por diversión una noche frente al tablero de una ouija. Nuestros peores temores despertaron por culpa del confinamiento.

      El 2020 nos arrebató nuestras vidas, prácticamente. La actividad social se canceló, el contacto humano se prohibió y se nos impidió despedir a nuestros muertos según nuestras tradiciones. Fuimos condenados al encierro. Millones atendimos al llamado de permanecer en casa, para evitar que el virus continuara propagándose. Pero millones ignoraron las medidas sanitarias y continuaron con sus rutinas. Esto causó la polarización de la población. Se conformaron dos bandos, los que creyeron fervientemente en la reclusión como forma de contener al virus y los conspiranóicos, que aseguraban que el virus era un invento, pese a las cifras de mortandad que día con día aumentaban en el país.

      La nueva cotidianidad impuesta por la nueva normalidad nos orilló a diseñar nuevas técnicas de supervivencia para no perder la cordura. Cada uno se tuvo que enfrentar a sí mismo en soledad o en compañía del núcleo familiar más cercano. Ante la proliferación de la ansiedad y la depresión buscamos refugio en el deporte, en la meditación, en los ansiolíticos, en el alcohol. Los primeros meses de encierro total, cuando la tasa de contagios era más baja que los índices de sodio en un platillo vegano, desconcertados, penando en nuestras propias viviendas, deambulamos unos, arañamos las paredes otros y tratamos de no romper la conexión con el mundo a través del zoom y el whatsapp.

      El aburrimiento, la necesidad de retomar la actividad económica y la desesperación nos empujaron a intentar recuperar ese paraíso recién perdido. Vivimos algo parecido a un despertar. Mientras comenzamos a realizar el recuento de los daños y ser conscientes de lo que el año se había llevado, el semáforo estaba en su rojo más fulgurante y nos dimos cuenta que las cosas estaban lejos de terminar. Había que seguir resistiendo. Continuar metidos en una mazmorra en contra de nuestra voluntad.

      Lo que el 20 se llevó trata sobre el acto de resistir. Aguantarte las ganas de salir, de abrazar a tus seres queridos, de asistir a una fiesta, a un partido de futbol, a un sauna público, a un concierto, a cualquier lugar donde el calor humano reinara. Nada se nos antojaba más que una fiesta con los cuates. Pero no una peda por zoom. Una pary real. Donde pudieras platicar con tus amigos sin broncas. Estábamos bastante cansados de sentir nostalgia por el contacto. Fue por ello que decidimos invitar a veinte autoras y autores a que nos contaran desde su propia experiencia lo que el 20 nos chingó.

      Más que una antología de textos sobre el tema, este libro es una fiesta. Esa reunión que se antojaba imposible antes de que se distribuyera la vacuna. Si piensan que ya se ha escrito todo sobre la pandemia basta asomarse a estas páginas para encontrarse con historias que todavía no habían sido contadas. La música, el cine, el sexo, los meseros, etcétera, conviven aquí sin necesidad de ser sanitizados. Entre la crónica, el ensayo personal y el reporte emocional, los testimonios que el lector tiene entre las manos son un vistazo al mundo interior propiciado por el alineamiento.

      Lo que el 20 se llevó es el abrazo que sí podemos darnos sin miramientos, el abrazo de papel.

      Carlos Velázquez y Alonso Pérez Gay J.

      Lo viral

      Jorge Carrión

      Jorge Carrión (Tarragona, España, 1976) es escritor, cronista de viajes y crítico literario. Es autor de la trilogía Los muertos (2010), Los huérfanos (2014) y Los turistas (2015); y de los libros de crónica y ensayo: Australia. Un viaje (2008), Viaje contra espacio (2009), Teleshakespeare (2011), Librerías (2013), Crónica de viaje (2014), Barcelona. Libro de pasajes (2017) y Contra Amazon (2019).

      Colabora en The New York Times (edición en español), el suplemento Cultura/s del diario La Vanguardia y la revista Letras Libres.

      18 de marzo de 2020:

      Ha empezado a suicidarse gente en Italia a causa del virus físico y del virus mental. Las residencias de ancianos se han convertido en leprosarios y cementerios. Los crematorios de Madrid trabajan las veinticuatro horas del día. Después del colapso sanitario ya ha llegado el colapso del sistema funerario. Se habla poco de la muerte, menos todavía de lo que se habla en circunstancias normales, en estos días en que todos buscamos salientes del precipicio para agarrarnos a la esperanza y no caer en el abismo. Pero no tengo ninguna duda de que detrás de todos esos tuits, de todas esas fotos, de toda esa textura de pixeles que no para de crecer a nuestro alrededor hay muchísimo miedo, tanto miedo, demasiado miedo, un pánico que se difunde al mismo ritmo que lo hacen el patógeno y su sombra viral. En ese contexto, ante la imposibilidad de despedirte de tus difuntos en persona, de abrazar a quienes también te quisieron, las redes sociales se están convirtiendo también en tanatorios y en cementerios, en espacios de despedida y de duelo, en espejos de sombra donde buscar los abrazos que no llegan.

      19 de marzo de 2020:

      En las películas y las series de zombis nadie ha visto películas ni series de zombis. Eso fue lo primero que pensé el jueves 12 de marzo, después de recoger a mis hijos en el colegio, mientras esperábamos el bus número 6 hacia la cuarentena. En esas ficciones apocalípticas los protagonistas aprenden lentamente que la cabeza es el punto débil de los muertos vivientes o que no puedes tener compasión de ninguno de ellos, ni siquiera de ese que diez minutos antes era tu hermano pequeño o tu abuelita, porque ahora solamente quiere comerse tus vísceras, el muy glotón.

      Al igual que esa ausencia en la biografía de los personajes es fundamental en el género zombi, ¿lo será de la condición humana la ausencia de relatos que nos hayan preparado para los grandes acontecimientos históricos? Que yo sepa no existían novelas sobre guerras mundiales antes de 1914 ni películas sobre atentados terroristas que derribaran rascacielos icónicos antes de 2001. He leído y he visto muchas ficciones post-apocalípticas, incluso escribí una: ninguna de ellas tramó una pandemia que en pocas semanas se volvía global y nos encerraba a todos.

      Durante la primera semana de confinamiento, en que fui el único miembro de la familia que salió —a comprar y a tirar la basura—, sentí constantemente la derrota de la imaginación, de la literatura, de la lectura. El virus no era culpa de nadie, pensaba en bucle, pero sus consecuencias estarían siendo menores si la crónica o la ficción nos hubieran preparado para ello. Si hubiéramos leído y digerido los libros o los documentales sobre el ébola o la gripe aviar, cuando las epidemias dejaron de ser noticia. Si en vez de tanto zombi y tanto desastre espacial, hubieran circulado —por nuestras librerías y plataformas— narrativas sobre virus, contagios y colapsos de sistemas sanitarios.

      No salí de la espiral hasta el jueves en el supermercado, cuando casi rompo a llorar ante la estantería vacía de desinfectantes. De pronto vi las mascarillas de los empleados, la distancia de seguridad que separaba a la gente en las colas, el compacto silencio, y me di cuenta de que me encontraba en la asepsia

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