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—dijo Keri, bostezando a pesar suyo—. Todavía puedo recordar los días cuando era profesora de criminología en Loyola Marymount, y tú venías y le hablabas a mis estudiantes.

      —Tiempos menos complicados —dijo Ray en voz baja.

      —Y también recuerdo los días oscuros luego que se llevaron a Evie, cuando comencé a beber escocés en lugar de agua, cuando Stephen se divorció de mí porque me acostaba con todo lo que se moviera, y la universidad me despidió por corromper a uno de mis estudiantes.

      —No tenemos que repasar toda la cinta de recuerdos, Keri.

      —Solo digo, ¿quién fue el que me sacó de ese pozo de autocompasión, me sacudió el polvo, e hizo que me inscribiera en la academia de policía?

      —Sería yo —musitó Ray suavemente.

      —Correcto —coincidió Keri con un murmullo—. ¿Ves? Caballero en brillante armadura.

      Ella descansó su cabeza sobre su pecho, permitiéndose relajarse al ritmo de la respiración al inhalar y exhalar. Mientras sus párpados se hacían más pesados y se iba quedando dormida, un último pensamiento cruzó por su cabeza: Ray en verdad había ordenado que dos patrullas circularan por el vecindario. Más temprano, había mirado por la ventana mientras se estaba cambiando y había contado al menos cuatro unidades. Y esas fueron las que ella pudo ver.

      Esperaba que fuera suficiente.

      CAPÍTULO NUEVE

      Keri agarró con fuerza el volante, tratando de que las pronunciadas curvas del camino de la montaña no la pusieran más nerviosa de lo que ya estaba. Eran las 7:45 a.m., poco más de dieciséis horas antes de que su hija fuese supuestamente a ser sacrificada delante de docenas de acaudalados pedófilos.

      Conducía a través de las sinuosas colinas de Malibú en una fría, pero despejada y soleada mañana de sábado, en el mes de enero, hasta la casa de Jackson Cave. Esperaba convencerlo de que le regresara a su hija sana y salva. Si no lo lograba, este sería el último día de la vida de Evie Locke.

      Keri y Ray se habían levantado temprano, justo después de las 6 a.m. Ella no había tenido mucha hambre, pero Ray había insistido en que se obligara a comer unos huevos revueltos y tostadas junto a dos tazas de café. A las siete ya habían salido del apartamento.

      Afuera, Ray habló brevemente con uno de los oficiales de patrulla, quien dijo que ninguna de las unidades había reportado ninguna actividad sospechosa durante la noche. Se los agradeció y los despidió. Entonces él y Keri se subieron a sus autos y condujeron por separado hasta Malibú.

      A esa hora de un sábado por la mañana, las habitualmente abarrotadas rutas de Los Ángeles estaban prácticamente vacías. En veinte minutos, estaban en la Pacific Coast Highway, recibiendo los restos del amanecer en las Montañas Santa Mónica.

      Para cuando Keri, con los nudillos en blanco, ascendía por Tuna Canyon Road hasta arriba, en las colinas de Malibú, el esplendor de la mañana había dado paso a la cruda realidad de lo que tenía que hacer. Su GPS indicaba que estaba cerca de la casa de Cave, así que se detuvo. Ray, que estaba detrás de ella, se adelantó hasta ponerse junto a ella.

      —Creo que está justo después de la próxima curva —dijo a través de la ventanilla abierta del auto—. ¿Por qué no te adelantas y te colocas un poco más allá? Él es la clase de tipo que tendrá cámaras de seguridad por todas partes, así que no querríamos llegar hasta allá conduciendo juntos.

      —Okey —convino Ray—. El servicio de telefonía celular es realmente intermitente acá arriba, así que una vez termines simplemente te seguiré bajando la colina, y luego intercambiamos información en esa cafetería que pasamos junto a la salida de Pacific. ¿Te suena bien?

      —Suena como un plan. Deséame suerte, pareja.

      —Buena suerte, Keri —dijo sinceramente—. Realmente espero que esto funcione.

      Ella asintió, no siendo capaz de pensar en ese momento en una respuesta significativa. Ray le regaló una pequeña sonrisa y siguió para adelantarse. Keri esperó otro minuto, luego oprimió el acelerador y remontó la última curva antes de la casa de Cave.

      Cuando la tuvo a la vista, le sorprendió descubrir que se veía modesta en comparación con otras casas de la zona, al menos en esa calle. El lugar tenía una apariencia de bungalow, casi como una versión elaborada de algo que uno podría encontrar en un resort de los mares del Sur.

      Entonces, comprendió que esta no era siquiera la residencia principal de Cave en Los Ángeles. Él tenía una mansión en Hollywood Hills, localizada —de manera mucho más conveniente— cerca de su oficina, que estaba en una torre del centro. Pero era bien sabido que a él le gustaba pasar los fines de semana en su "retiro" de Malibú y ella había verificado para asegurarse de que allí era donde estaría esa mañana.

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